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Cuando se aborda la problemática de nuestra Universidad, partiendo de la implantación de la democracia hace un cuarto de siglo, la comprobación que viene a la mente es muy senci1la: se ha avanzado muchísimo en cantidad y se ha progresado muy poco en calidad. Pues precisamente una de las causas de la escasa calidad de nuestras universidades radica en ese desorbitado aumento de su cantidad.
Las universidades, desde luego, no son como las sucursales de El Corte Inglés, pero ello no obsta para que cada provincia o ciudad importante de nuestra geografía, considerando necesaria una sede de esa boyante empresa, exija, al mismo tiempo la creación también de una universidad. Sea lo que fuere, el hecho es que ambas reivindicaciones las han conseguido, porque ya hay más de 60 sedes de ambos supuestos respectivamente en toda España.
Ciertamente, el consumismo, en un país que hace 60 años dependía de una cartilla de racionamiento, en donde el pan escaseaba, es muy comprensible, y se entiende que hoy todo el mundo exija el derecho a que le atienda un aseado dependiente o dependienta de esa exitosa firma comercial. En realidad, el cursillo para poder llegar a tal categoría no es demasiado costoso ni tampoco se exigen especiales conocimientos de psicología o ciencia similar. Pero las cosas cambian respecto a la Universidad. por dos razones especialmente: por una parte, porque tal y como es su naturaleza sólo deberían acceder a ella las personas que tuviesen un determinado nivel vocacional, intelectual y de esfuerzo, al margen naturalmente del económico, puesto que el Estado debe prever y proveer de un número suficiente de becas para este menester. Lo cual no significa que se impida al resto de los estudiantes el acceso a unos estudios más elevados que los secundarios, sino que para eso está la formación profesional y las carreras intermedias no integradas en la Universidad.
Pues bien, como se consideró que «todo el mundo tenía derecho» a entrar en la Universidad, y además en su provincia, se crearon universidades uniprovinciales: pero ni siquiera con esta inflación de universidades se logró un puesto para cada aspirante, por lo que hubo que crearse la selectividad y pruebas similares para hacer de filtro, totalmente necesario en facultades como la de Medicina. En estos momentos, estamos en otra etapa, ya que los jóvenes españoles se dirigen más bien a carreras intermedias, ha habido un claro retroceso demográfico, y ahora lo que empieza a escasear son los alumnos, hasta el punto de que dentro de poco se tendrán que cerrar facultades por falta de clientela.
Y, por otra parte, la exigencia de universidades para todos, comportó también la necesidad de fabricar profesores a toda prisa para atender la masa estudiantil. De esta forma, las oposiciones a cátedra y similares no sólo han tenido un mínimo nivel necesario, como el que existía antes de la nefasta LRU, sino que además han sido concursos preparados para el candidato local, tuviese o no la altura indispensable para llegar a una cátedra universitaria. Hemos asistido estos años, en el tema de las oposiciones a cátedra, a la antinovela policíaca, esto es, que antes de empezar ya se sabía desenlace. Se puede suponer así, el nivel de muchos de nuestros profesores, aunque haya naturalmente las excepciones de rigor.
Si a esto añadimos, medios económicos mal distribuidos y mal gastados, planes de estudios absurdos, alumnos pésimamente preparados en el Bachillerato y, para rematar la faena la necesidad de homogeneizar la duración de las carreras con el resto de Europa, para después prolongar paradójicamente los estudios con los dichosos masters, no hay más remedio que concluir afirmando la situación penosa de nuestra Universidad. Porque, además, lo peor no es únicamente que nuestra sociedad viva sin preocuparse de la Universidad -lo cual es un suicidio colectivo-, sino que encima, hasta los ministros o ministras de Educación, han padecido una miopía educativa que no les permitía ver más allá de dos metros.
En definitiva, el nuevo Gobierno no es seguro que mejore esta lamentable, situación de nuestra Universidad, pero sí es probable que la pueda empeorar aún más. Gaudeamus igitur...
Jorge de Esteban es director del Departamento de Derecho Constitucional en la Complutense y miembro del Consejo Editorial de El Mundo.
Diario El Mundo, 13 de octubre de 2004
ANÁLISIS DEL TEXTO:
Este texto es argumentativo.