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Fernando Pessoa

 

Cuando era joven, yo a mí me decía:
¡Cómo pasan los días, día a día,
sin nada conseguido o intentado!
Mas, viejo, digo, con el mismo enfado:
¡Cómo, día tras día, todos son
sin nada hecho y sin nada en la intención!
Así, naturalmente, envejecido,
diré con igual voz e igual sentido:
un día vendrá el día en el que no
diré ya nada.
Quien nada fue ni es no dirá nada.

 

ACTIVIDADES

Explica con tus propias palabras lo que dice Pessoa en el poema.

Acerca de Fernando Pessoa

Fernando Pessoa, el poeta de lo imposible.

Inventor de heterónimos, pues no eran seudónimos sino "autores" con vida propia, el poeta portugués hoy canonizado representa paradójicamente el triunfo de un fracaso, la expresión de un ser en construcción permanente. Aquí, además de una interpretación de su obra, la opinión de uno de sus primeros traductores y un texto suyo sobre nacionalismo.

Publica Clarín en su edición del 27/11/2005

 

Por Daniel Scarfo

Fernando PessoaFernando Pessoa (1888-1935), sinónimo de "heterónimos" (nombres bajo los cuales desarrollaba sus diferentes estilos literarios y biografías imaginarias), fue creador, crítico y polemista, poeta y dramaturgo. Entre sus heterónimos más importantes se cuentan Alberto Caeiro, el sabio contra las vanas intelectualidades con su "Guardador de Rebanhos"; el vanguardista Alvaro de Campos y su sacudida del provincianismo portugués, con su "Ultimatum, Opiário y Tabacaria"; el protoexistencialista Bernardo Soares, sub-heterónimo errante, con su Livro do desassossego (tal vez la "no obra" mayúscula de nuestro autor); Ricardo Reis con sus "Odas" y su culto de la forma, y Fernando Pessoa mismo con "Mensagem" y "O banqueiro anarquista", todos ellos entre tantos otros escritos.

Depresivo, amante de Ophélia, bebedor de absinto, engripado eterno, fallecido a causa de un cólico hepático el 30 de noviembre de 1935, lo recordamos cuando se cumplen 70 años de su muerte. Cultivó la astrología y el ocultismo pero también un paganismo superior. Existe asimismo una guía turística de Lisboa de su autoría. Hablamos sin dudas del escritor más creativo y complejo de la literatura portuguesa y uno de los más destacados del siglo XX. Su famoso "baúl" (hoy en exposición) contenía 25.426 originales. Con sensibilidad delicada e inusual, le dio a cada heterónimo vida propia. Su misma obra ha sido vista como la búsqueda de una identidad a través de múltiples escrituras. De allí que el poeta sea "un fingidor".

Decir Pessoa es decir heterónimos, claro. Pero Pessoa es mucho más que eso y, antes que nada, lo que les diera origen. Decir Pessoa es decir Portugal, la Calle de los Doradores, Shakespeare y Coleridge, Camões y Pessanha, Goethe en brumas, la revista Orpheu y la teosofía, el Chiado y el bar Martinho da Arcada, su sombrero y su sombra, sus anteojos y el imperio portugués: presencias de una identidad puesta en jaque, en "flagrante delitro"; presencia de una ausencia, nación e identidades en permanente y añorada reconstrucción.

Su búsqueda se daba y frustraba en la pluralidad de los personajes en que se multiplicaba. Pessoa escribió para nombrar aquello que determinó el fracaso del que los poemas son lugar y signo. En su "Fausto" se halla la imposibilidad de ser, conocer y amar, y en su baúl una obra imposiblemente real concebida para hacer hablar a aquello que no tiene palabra. Su vida, vista como derrotero, posee por ello un hálito de "ternura de lo nunca sucedido".

Pessoa cultivaba una retórica de lo imposible que explotaría, por su misma impotencia, en decenas de poetas. Errancia del pensar y del conocer, dicho fracaso está en el origen de los heterónimos, quienes comentan inagotablemente el drama del conocimiento y del pensamiento.

Sus escritos desean por lo general el silencio, pues las palabras apenas aumentarían el misterio del Ser. Reverso de un verbo creador, el silencio de Fausto es el de una conciencia enloquecida, la desesperación dolorosa cuando hasta la emoción y los gestos que la traducen le estarían vedados. El "Fausto" acompaña las ansias de silencio de Pessoa durante toda su vida. Y en el final de "O Marinheiro" observamos un terror intelectual muy sutil: una cortina de silencio cae sobre las doncellas cuando éstas no tienen más nadie a quien hablar, ni ninguna razón para hacerlo.

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