La escritora Carmen Laforet ha fallecido a los 82 años tras sufrir una larga enfermedad.
Carmen Laforet ganó el primer premio de novela Nadal con su novela Nada. Esta novela es un referente de la producción española de la posguerra. Junto con Camilo José Cela (“La familia de Pascual Duarte”) y Miguel Delibes se inició la renovación de la novela española.
La producción de Carmen Laforet ha sido muy reducida. Hay que añadir a Nada, “La isla de los demonios” (1952), “La mujer nueva” (1955), “La insolación” (1963) y un conjunto de relatos breves, así como dos libros de viajes.
En Nada Carmen Laforet mezcla autobiográfico con la ficción. Nos presenta a una joven de 23 años, como la autora que va a Barcelona a estudiar en la Universidad. Reside en casa de unos familiares: el ambiente de mezquindad y sordidez, algo así como un trasunto de la sociedad española de la época.
Una característica de la novela de la inmediata posguerra es, precisamente, el reflejo amargo de la vida cotidiana, lo que también se observa en otros autores como el ya citado Cela.
Incluimos aquí un fragmento de Nada,
con el deseo de que anime a nuestros lectores a leerla.
Me viene ahora el recuerdo de las noches en la calle de Aribau. Aquellas noches que corrían como un río negro, bajo los puentes de los días, y en las que los olores estancados despedían un vaho de fantasmas.
Me acuerdo de las primeras noches otoñales
y de mis primeras inquietudes en la casa, avivadas con ellas. De las noches de
invierno con sus húmedas melancolías: el crujido de una silla rompiendo el
sueño y el escalofrío de los nervios al encontrar dos pequeños ojos luminosos -
los gato del gato- clavados en los míos. En aquellas heladas horas hubo algunos
momentos en que la vida rompió delante de mis ojos todos sus pudores y apareció
desnuda, gritando intimidades tristes, que para mí eran sólo espantosas. Intimidades que la mañana se
encargaba de borrar, como si nunca hubieran existido... Más tarde vinieron las
noches de verano. Dulces y espesas noches mediterráneas sobre Barcelona, con su
decorado zumo de luna, con su húmedo olor de nereidas que peinasen cabellos de agua sobre las blancas espaldas, sobre la
escamosa cola de oro. En alguna de esas noches calurosas, el hambre, la
tristeza y la fuerza de mi juventud me llevaron a un deliquio de sentimiento,
a una necesidad física de ternura, ávida y polvorienta como la tierra quemada
presintiendo la tempestad.
A primera hora, cuando me extendía,
cansada sobre el colchón, venía el dolor de cabeza, vacío y bordoneante,
atormentando mi cráneo. Tenía que tenderme con la cabeza baja, sin almohada,
pera sentirlo encalmarse lentamente,
cruzado por mil ruidos familiares de la calle y de la casa.
Así,
el sueño iba llegando en oleadas cada vez más perezosas hasta el hondo y
completo olvido de mi cuerpo y de mi alma. Sobre mí el calor lanzaba su
aliento, irritante como jugo de ortigas, hasta que oprimida, como en una
pesadilla, volvía a despertarme otra vez.
Silencio
absoluto. En la calle, de cuando en cuando, los pasos del vigilante. Mucho más
arriba de los balcones, de los tejados y las azoteas, el brillo de los astros.
La
inquietud me hacía saltar de la cama, pues estos luminosos hilos impalpables
que vienen del mundo sideral obraban en mí con fuerzas imposibles de precisar,
pero reales.
Me
acuerdo de una noche en que había luna. Yo tenía excitados los nervios después
de un día demasiado movido. Al levantarme de la Gama vi que en el espejo de
Angustias estaba toda mi habitación llena de un color de seda gris, y allí
mismo, una larga sombra. Me acerqué y el espectro se acercó conmigo. Al fin
alcancé a ver mi propia cara desdibujada sobre el camisón de hilo. Un camisón
de hilo antiguo -suave por el roce del tiempo- cargado de pesados encajes, que
muchos años atrás había usado mi madre. Era una rareza estarme contemplando
así, casi sin verme, con los ojos abiertos. Levanté la mano para tocarme las
facciones, que parecían escapárseme, y allí surgieron unos dedos largos, más
pálidos que el rostro, siguiendo las líneas de las cejas, la nariz, las
mejillas conformadas según la estructura de los huesos. De todas maneras, yo
misma, Andrea, estaba viviendo entre las sombras y las pasiones que me
rodeaban. A veces llegaba a dudarlo.
Aquella misma tarde había sido la fiesta de
Pons.
Durante cinco días había yo intentado almacenar ilusiones para
esa escapatoria de mi vida corriente. Hasta entonces me había sido fácil dar la
espalda a lo que quedaba detrás, pensar en emprender una vida nueva a cada
instante. Y aquel día yo había sentido como un presentimiento de otros
horizontes. Algo de la ansiedad terrible que a veces me coge en la estación al
oír el silbido del tren que arranca o cuando paseo por el puerto y me viene en
una bocanada el olor a barcos.
Mi amigo me había telefoneado por la mañana y su voz me llenó de
ternura por él. El sentimiento de ser esperada y querida me hacía despertar mil instintos de mujer; una emoción como de
triunfo, un deseo de ser alabada, admirada, de sentirme como la Cenicienta del
cuento, princesa
por unas horas, después de un largo incógnito. .
Me acordaba de un sueño que se había repetido muchas veces en mi infancia, cuando yo era una niña cetrina y delgaducha; de esas a quienes las visitas nunca alaban por lindas y para cuyos padres hay consuelos reticentes. Esas palabras que los niños, jugando al parecer absortos y ajenos a la conversación, recogen ávidamente: «Cuando crezca, seguramente tendrá un tipo bonito», «los niños dan muchas sorpresas al crecer»...