Aniversario de simulación:
Inventor
de heterónimos, pues no eran seudónimos sino "autores" con vida propia,
el poeta portugués hoy canonizado representa paradójicamente el triunfo de un
fracaso, la expresión de un ser en construcción permanente. Aquí, además de una
interpretación de su obra, la opinión de uno de sus primeros traductores y un
texto suyo sobre nacionalismo.
Publica Clarín en su edición del 27/11/2005
Por Daniel Scarfo
Fernando Pessoa (1888-1935), sinónimo de "heterónimos"
(nombres bajo los cuales desarrollaba sus diferentes estilos literarios y
biografías imaginarias), fue creador, crítico y polemista, poeta y dramaturgo.
Entre sus heterónimos más importantes se cuentan Alberto Caeiro,
el sabio contra las vanas intelectualidades con su “Guardador de Rebanhos”; el vanguardista Alvaro
de Campos y su sacudida del provincianismo portugués, con su “Ultimatum, Opiário y Tabacaria”; el protoexistencialista
Bernardo Soares, sub-heterónimo
errante, con su Livro do desassossego (tal vez la "no obra" mayúscula
de nuestro autor); Ricardo Reis con sus “Odas”
y su culto de la forma, y Fernando Pessoa mismo con “Mensagem”
y “O banqueiro anarquista”, todos ellos entre tantos
otros escritos.
Depresivo, amante de Ophélia, bebedor de absinto, engripado eterno, fallecido a causa de un cólico
hepático el 30 de noviembre de 1935, lo recordamos cuando se cumplen 70 años de
su muerte. Cultivó la astrología y el ocultismo pero también un paganismo
superior. Existe asimismo una guía turística de Lisboa de su autoría. Hablamos
sin dudas del escritor más creativo y complejo de la literatura portuguesa y
uno de los más destacados del siglo XX. Su famoso
"baúl" (hoy en exposición) contenía 25.426 originales. Con
sensibilidad delicada e inusual, le dio a cada heterónimo vida propia. Su misma
obra ha sido vista como la búsqueda de una identidad a través de múltiples escrituras.
De allí que el poeta sea "un fingidor".
Decir Pessoa es decir heterónimos, claro. Pero Pessoa es mucho más que eso y,
antes que nada, lo que les diera origen. Decir Pessoa es decir Portugal, la
Calle de los Doradores, Shakespeare y Coleridge, Camões y Pessanha, Goethe en
brumas, la revista Orpheu y la teosofía, el Chiado y el bar Martinho da
Arcada, su sombrero y su sombra, sus anteojos y el imperio portugués:
presencias de una identidad puesta en jaque, en "flagrante delitro"; presencia de una ausencia, nación e
identidades en permanente y añorada reconstrucción.
Su búsqueda se daba y frustraba en la pluralidad de los personajes en que se
multiplicaba. Pessoa escribió para nombrar aquello que determinó el fracaso del
que los poemas son lugar y signo. En su “Fausto” se halla la imposibilidad de
ser, conocer y amar, y en su baúl una obra imposiblemente real concebida para
hacer hablar a aquello que no tiene palabra. Su vida, vista como derrotero,
posee por ello un hálito de "ternura de lo nunca sucedido".
Pessoa cultivaba una retórica de lo imposible que explotaría, por su misma
impotencia, en decenas de poetas. Errancia del pensar
y del conocer, dicho fracaso está en el origen de los heterónimos, quienes
comentan inagotablemente el drama del conocimiento y del pensamiento.
Sus escritos desean por lo general el silencio, pues las palabras apenas
aumentarían el misterio del Ser. Reverso de un verbo creador, el silencio de
Fausto es el de una conciencia enloquecida, la desesperación dolorosa cuando hasta
la emoción y los gestos que la traducen le estarían vedados. El “Fausto”
acompaña las ansias de silencio de Pessoa durante toda su vida. Y en el final
de “O Marinheiro” observamos un terror intelectual
muy sutil: una cortina de silencio cae sobre las doncellas cuando éstas no
tienen más nadie a quien hablar, ni ninguna razón para hacerlo.
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